Club Internacional Taurino
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Vicente Ruiz El Soro, un homenaje personal.
 

Como todos los que en su día vieron a Vicente El Soro por primera vez, me convertí en un seguidor suyo al momento. Pero debo admitir que todavía tenía mucho que aprender sobre el toreo y que yo era un aficionado a todos los toreros. Ese verano pasé una semana en Madrid, camino a la feria de Málaga y me encontré con una revista taurina que acababa de comenzar a publicarse. Se llamaba Aplausos y se parecía más a un periódico que al semanario rutilante que que hoy conocemos. Me fijé en un cartel para la feria de julio en Valencia: cuatro corridas, una corrida de rejones y dos novilladas. Se celebraría durante siete días seguidos. Yo hasta entonces jamás había presenciado una novillada.

La primera vez que vi a El Soro fue un sábado por la tarde en julio de 1981. Seguía siendo un novillero y lidió aquel día novillos de Bernardino Piriz junto a Pepín Jiménez y Luis Miguel Campano. Tanto él como Jiménez, con quien compartió muchas tardes, cortaron dos orejas y salieron por la puerta grande Una semana después, Vicente repitió este triunfo y volvió a salir a hombros. Fue su tercera y última temporada como novillero con picadores. Cuando terminó la temporada, El Soro acabó sexto en el escalafón con 34 novilladas toreadas y 84 trofeos.
Su carrera duró veinte años. A lo largo de la misma le vi arriesgar su vida, triunfar y fracasar antes de que una lesión en la rodilla le obligara a retirarse de los ruedos. En años posteriores se ganó mi respeto cuando me di cuenta de lo mucho que significaba para Valencia y para su afición. Cuánto reconocieron los valencianos la generosidad de este hombre, que les hizo vivir un sueño. Y cómo lo consideraban ‘uno de ellos’ y cómo le respaldaban cuando se le acababa la suerte.

 

Tomó la alternativa en Fallas en 1982. El maestro sevillano Paco Camino, apodado ‘el prodigio de Camas’, quien logró salir doce veces por la Puerta Grande de Las Ventas de Madrid y fue una de las leyendas taurinas de España, ofició como padrino de la ceremonia. Pepe Luis Vázquez, hijo de otra leyenda taurina, actuó como testigo. Los toros fueron del hierro de Torrestrella, propiedad de Alvaro Domecq. El Soro salió por la puerta grande tras cortar tres orejas. El artículo que escribió Vicente Zabala en ABC describía la inmensa popularidad de este nuevo y vibrante torero valenciano para gente de su región: “La víspera de la corrida, se pusieron en el altar mayor de la iglesia de Foyos los cuatro nuevos vestidos del diestro, regalados por sus peñas taurinas. Una autentica fortuna pagada con la contribución de todos los peñistas. Los bendijo el cura. Oyó misa todo el pueblo, que prácticamente no cabía en la iglesia y siguió la ceremonia desde la calle. Hubo comunión general capitaneada por el propio diestro”.

 

En la siguiente Feria de San Isidro, Vicente confirmó su condición de matador en la plaza de toros de Las Ventas. Esta vez, otra leyenda taurina, Rafael de Paula, actuó como padrino. Su amigo y colega de sus días de novillero, Pepín Jiménez, fue testigo del acto. No fue un buen día para Vicente. La gente de Madrid no lo admiraba como la gente de Valencia. Nunca lo harían

 

Vicente Ruiz Soro nació en mayo de 1962 en el pueblo de Foios, una localidad valenciana típicamente agrícola. Años atrás su padre había sido un novillero y dirigió más tarde un ‘espectaculo-comico-musical y taurino’. Estos espectáculos cómico-musicales tenían una parte seria en la que los jóvenes aspirantes disponían de la oportunidad de mostrar su destreza ante becerros. Vicente estaba destinado a una vida trabajando en la tierra, cosechando coliflores, alcachofas y lechugas. Por ello, una vez que se convirtió en un matador consagrado todavía usaría una aquella pulsera hecha de una cuerda utilizada para atar los cultivos, para recordar sus humildes comienzos.

Al igual que su padre, tuvo la oportunidad de formar parte de un espectáculo cómico taurino y a los 16 años hizo su primera aparición como novillero sin picadores en la vecina ciudad de Xàtiva. De sus cinco hermanos, dos también emprendieron el incierto viaje en el planeta de los toros. Jaime se convirtió en un picador consumado. En mi último libro, Dominó italiano, escribí sobre la alternativa que se le dio a Soro II en 1989. Antonio, un torero menos exuberante que su hermano, confirmó su doctorado en Madrid, pero se retiró algunos años después.
 

Con El Soro, Valencia (la tercera ciudad de España) volvió a tener su propio matador. Esto no había sucedido desde el momento (y la muerte prematura en 1922) del talentoso Manuel Granero, un torero destinado a tomar el trono dejado vacante por José Gómez Gallito tras su cogida mortal en Talavera. A pesar de que Valencia nunca fue una cuna de matadores, sí que había proporcionado al mundo taurino con eminentes banderilleros (desde Enrique Berenguer Blanquet y Alfredo David hasta Paco Honrubia, entre otros) y picadores Francisco Alabán, la saga de los picadores apodados Veintiundit, así como José Cantos Barana y Manuel Calvo Montoliu.

Con todo, en los años posteriores a Granero hubo algunos matadores valencianos notables, pero en su mayoría actuaron en plazas de toros de la región valenciana. Algunos, no obstante, triunfaron más allá de los límites de la Comunitat Valenciana. Entre ellos, Vicente Barrera (quien se retiró en 1945) quien toreó con éxito en todas las ferias de España, incluidas las plazas de Madrid y Sevilla. Y Jaime Marco El Choni, el último matador que recibió la alternativa de manos de Manuel Rodríguez Manolete.

 

La llegada de El Soro fue como un relámpago para el aficionado valenciano hambriento de admirar una figura local. Un año después de su alternativa, se fundó la primera escuela taurina en España ... en Valencia. Decenas de jóvenes se inscribieron, ansiosos por ser educados en el uso de la capa y la muleta, pero especialmente para aprender cómo colocar banderillas como su ídolo El Soro. Incluso hoy, la Escuela de Tauromaquia de Valencia instruye a muchos jóvenes para convertirse en buenos toreros. Por lo tanto, es cierto decir que sin El Soro, no habría habido matadores valencianos aclamados internacionalmente como fueron Enrique Ponce y Román Collado. También debo mencionar a Vicente Barrera, nieto de Vicente Barrera. Si bien su brillante carrera taurina abarcó muchos años, no comenzó su instrucción taurina en la escuela. Aun siendo novillero, Vicente se convirtió en el primer valenciano en salir a hombros por la Puerta del Príncipe de la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla.

 

Cuatro meses después de recibir su alternativa, Vicente El Soro actuó en tres corridas en la Feria de San Jaime de julio en Valencia, pero solo se cortó una oreja. En los años siguientes, a menudo se le anunció con matadores como Luis Francisco Esplá, Víctor Mendes o Morenito de Maracay, los llamados toreros banderilleros. No siempre apreciado por los aficionados puristas (los toros en estos espectáculos rara vez tenían suficiente resistencia para llegar al tercer tercio), fue aquello resultó una fórmula muy exitosa con el público y los empresarios podían contar con estos atletas para vender muchas entradas en las plazas en las que les anunciaban.

 

En septiembre de 1984, Vicente aceptó un contrato para torear una corrida en el pueblo cordobés de Pozoblanco. En el cartel estaba anunciado con Francisco Rivera Paquirri y José Cubero Yiyo. Esa noche Paquirri murió tras resultar herido por el toro Avispado. Un año después, en Colmenar Viejo, un pueblo cerca de Madrid, un toro de Marcos Nuñez llamado Burlero le quitó la vida a Yiyo. A partir de ese momento, El Soro fue conocido como “el matador que sobrevivió al cartel negro”. En la España taurina, la superstición nunca deja de estar presente.

 

Los triunfos de Vicente en la plaza de Valencia alcanzaron su punto máximo en Fallas 1994, cuando los tres matadores (Espartaco, El Soro y Enrique Ponce) salieron a hombros de la plaza en medio del clamor popular. Un mes después actuó en una tarde lluviosa en el albero húmedo de la plaza de toros de Montoro. Después de poner un par de banderillas, se resbaló y se dañó severamente la rodilla izquierda. Al día siguiente triunfó como el matador solitario en Benidorm, pero la lesión en su rodilla fue tan grave que se vio obligado a cancelar sus contratos restantes. Su ausencia de las plazas de toros duró veinte años.

 

Al principio, la vida de El Soro parecía la de un torero acomodado y retirado que había invertido sus ganancias sabiamente en varios proyectos agrícolas. Sin embargo, los proyectos fracasaron, dejando a Vicente necesitado de auxilio económico. Pero cada vez que necesitaba ayuda, el pueblo valenciano y la comunidad taurina respondían generosamente. Su popularidad incesante se puso de manifiesto en la multitud que asistió a los dos festivales benéficos que se organizaron a su favor. Vicente seguía siendo su matador. Su ídolo. Y es que les había llenado de orgullo al volver a poner la taurina Valencia en el mapa. Aunque ahora se movía en los círculos sociales más altos, en su corazón nunca los abandonó ni olvidó sus modestos orígenes. Para eso siempre podía contar con su apoyo.

 

Después de consultar a especialistas en ortopedia desde Valencia a Madrid y desde Houston, Texas, a Amsterdam y tras más de treinta operaciones costosas, su pierna izquierda quedó una pulgada más corta que la derecha y todavía caminaba con muletas. Cuando por fin le dieron una prótesis de rodilla de última generación, ésta le dio la suficiente movilidad como para pensar en lo único que había estado pensando durante veinte años: su reaparición. La plaza que eligió fue en Xativa, donde en 1979 debutó como novillero. Tres meses después, en la plaza portátil de Foios, su pueblo natal, ofició la ceremonia alternativa de su amigo Rafael de Foios.
 

El regreso a su amado redondel valenciano llegó en marzo de 2015 para lidiar una corrida de toros Domecq con Enrique Ponce y José María Manzanares. Después de una ausencia tan larga, la alegría que sentía se manifestó en la forma en que realizaba sus antiguas y vistosas suertes ante los vítores de una multitud que amaba todo lo que hacía. Fue premiado con una oreja. Su segundo toro lo llevó al hospital después de fracturarle tres vértebras como resultado de una cogida mientras colocaba las banderillas. Al año siguiente regresó pero entonces ya pareció estar fuera de forma, incapaz de seguir el ritmo de la corrida. Era obvio que la rodilla artificial no estaba preparada para saltar y correr en una plaza de toros. No mucho después estaba de vuelta en una silla de ruedas.

 

Su salud se deterioró. El Soro sufrió su primer ataque al corazón en 2019. Fue ingresado en un hospital y se recuperó después de que le pusieron un stent. En enero del año siguiente, tuvo que ser ingresado urgentemente con una angina de pecho. De nuevo se recuperó. Pero solo un día después de su alta, Soro fue llevado de regreso a la clínica e inmediatamente ingresó a la Unidad de Cuidados Intensivos. Su vida estaba en grave peligro después de que sus médicos descubrieran una insuficiencia renal inminente debido a un envenenamiento de la sangre que se originó en la prótesis de su rodilla izquierda. Tuvo que sufrir una operación de emergencia para extirpar quirúrgicamente la extremidad artificial. La operación duró cuatro horas, pero fue un éxito y aceleró una recuperación milagrosa. La tarde después de que le dieron el alta, apareció en una silla de ruedas en una reunión pública y recibió una gran ovación.

Entonces me di cuenta de que la relación entre Valencia y Vicente Ruiz El Soro todavía estaba muy viva.

          

            El ultimo de los Bienvenidistas

 

            Cada noche, después de la corrida, un colorido grupo se reúne en la terraza de Cafetería Bar Flor, al otro lado de la calle en la que se encuentra la plaza de toros La Malagueta de Málaga. Es una reunión de aficionados extranjeros, quienes viajan de corrida a corrida cada temporada y en agosto aterrizan en la Costa del Sol.

Es en este lugar, en agosto de 1980, la víspera de una corrida en la que reapareció Manuel Benítez El Cordobés, cuando conocí a Lenny Freedman. Recuerdo a un taxista londinense, cuyo tiempo parecía haberse detenido desde los años sesenta. Vestido en jeans muy cortos y zuecos suecos, su cabello despeinado se mantenía erguido. En sus orejas, su cuello y sus dedos, Lenny exhibía una impresionante colección de plata con la prominente presencia de la estrella de David.

            En sus conversaciones, siempre tuvo la costumbre de señalar la pequeñez del mundo, habiendo vivido en casi todos los países europeos. Pasó asimismo tiempo en los kibbutzim israelíes y viajó por los continentes africano y americano. Es por eso que, a menudo, acentuaba sus historias con frases como: “Ese fue el año en que viví en Johannesburgo...” seguido invariablemente por la pregunta: “¿Has estado en Johannesburgo?” O: “Sí, recuerdo que estaba en Río en ese momento. ¿Conoces a Rio?” “No, Lenny”, yo contestaba: “No conozco Johannesburgo o Río.”

            Un miembro del Club Taurino of London desde su fundación, (y expulsado de él durante un breve plazo) había estado yendo a los toros desde los finales de los años cincuenta. Se convirtió en un gran admirador de Antonio Bienvenida, un torero que había dejado una impresión eterna en la mente del joven señor Freedman. Curro Romero fue otro matador admirado por él, pero en sus historias, que proclamaban el genio de Bienvenida, su amigo y mentor Ray Wilson Rose, un bienvenidista igualmente acérrimo y fundador de ‘ese otro club taurino de Londres’, nunca estuvo lejos. “Nunca supiste que mi amigo Ray, ¿verdad?”, siempre me preguntaba.

            Su peregrinaje anual a las ferias taurinas comenzaba generalmente en Sevilla. A veces estaba en Madrid por las corridas de San Isidro. Pasaba los meses de verano en Málaga, habitualmente seguidos por la feria de Almería, después de la cual siempre se tomaba un tiempo para ver algunas novilladas en las plazas de los pueblos alrededor de la capital - sobre todo la de Arganda del Rey - antes de regresar a Londres.

            Lenny Freedman murió el pasado 30 de abril. En los últimos años y, debido a su delicada salud, su horizonte de ver festejos había disminuido. Se cansaba pronto, y los viajes se convirtieron en un esfuerzo tedioso y, a veces, doloroso. Ahora únicamente visitaba la feria de Málaga y, después del festejo taurino, como había hecho durante tantos años, pasaba las horas en la terraza de la Cafetería Bar Flor. (Fumaba como una chimenea, pero en los casi cuarenta años que le conocía, ¡no recuerdo haberle visto beber alcohol!)

            Cuatro meses después de su muerte, un grupo de amigos se reunieron en un restaurante malagueño para recordar a este insigne aficionado. En el exterior de su querida Bar Flor, y con la presencia de miembros de su familia, desvelaron una placa, conmemorando su gran afición taurina, su amistad con Malaga y su plaza de toros. En el centro de la reunión habia un pequeño cojín plano, morado y con rayas negras, la almohadilla que usaba en la plaza y que heredé especialmente para la ocasión. Le echaré de menos.

 

Pieter Hildering

Las incomodidades de un joven aficionado


Pieter Hildering

Si bien el camino hacia el éxito para un torero puede ser y de hecho es  difícil, la desazón que un aficionado tiene que sufrir en muchas ocasiones llega a ser comparable a la de los que aspiran a ser matadores.
Nos encontrábamos a comienzos del mes de agosto. Todavía faltaba tiempo para la feria de Málaga, así que decidimos ir a Huelva. Ciudad otrora llamada Onuba, se convirtió más tarde en Huéloba y a finales del siglo XIII, después de la reconquista, obtuvo su nombre real. 
En el siglo XV, Huelva tenía un importante puerto marítimo en el cercano pueblo de Palos de la Frontera. Allí, en la madrugada del 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón se embarcó en su viaje histórico. Hoy es una ciudad gris aunque próspera sita en el delta del río Guadiana y el río Tinto, donde las chimeneas de las fábricas de productos químicos arrojan un aterrador humo de color amarillo. Cada primera semana de agosto, Huelva celebra una feria taurina conocida como las Colombinas.
De camino a esta ciudad, pasamos por Ronda y Lebrija, recorrimos el coto de Doñana, esquivamos a los perros muertos, evitamos a los granjeros montando sus burros en los arcenes de las carreteras y llegamos justo a tiempo para ver la primera corrida. Durante las Colombinas, Huelva está llena y los precios de las habitaciones de los hoteles estaban muy lejos de nuestra liga. Después de quince minutos de búsqueda por el centro de la ciudad, amablemente convencimos a una casera para que nos alquilara su única habitación libre. A regañadientes, nos condujo a través de un pasaje sombrío y abrió la puerta a una habitación pequeña y oscura en la parte trasera de la casa. El hedor casi me dejó inconsciente. Olía como si la caballería hubiera mantenido allí sus caballos durante años. Contra la pared había dos camas de malla de hierro, con delgados colchones cubiertos con una sábana mugrienta. Los cabezales, gruesos y alargados, estaban rellenos de copos de gomaespuma. En la esquina, una puerta angosta conducía un baño angosto con una ducha sucia y obstruida, y un grifo que goteaba continuamente en un lavabo que alguna vez fue blanco, pero ahora era de color verde moho. No hace falta decir que, pese a todo, allí nos quedamos. El mal olor en esa habitación no solo me mantuvo despierto todas las noches, sino que también afectó a mi salud. Una fiebre me obligó a regresar a casa antes de lo previsto y perderme la feria de agosto malagueña.Dos años después volví a las Colombinas de Huelva, y reservé una habitación en el Luz Huelva un hotel de cuatro estrellas, ¡para toda la semana!.

Y es que esta vez me merecía un poco de lujo

Un homenaje a José Montoya

 

Pieter Hildering

 

Desde hace más de tres décadas, cada segunda semana de agosto, tengo una cita en esta taquilla enrejada. Durante los primeros años me quedaba en la cola y después de pagar la cantidad requirida me entregaban mis entradas, como todos los demás. Sólo después de algún tiempo me otorgaron el privilegio de recogerlas en la tranquilidad de la oficina. Entré por una entrada lateral de la plaza, llamé a la puerta, esperando hasta que el rostro detrás de la trampilla me reconociera, antes de entrar en el santuario de José Montoya, lleno de humo. “Tío Pepe”, me corrigió, cuando con una cortesía fingida, le llamé ‘Don José’. Se convirtió en un ritual anual.

Hoy le traigo un regalo. Es una simple cucharilla de plata con un molino de viento con aspas giratorias que compré en el aeropuerto. Cuando me ve, pasa su brazo por encima de mi hombro y me lleva a su oficina. Como siempre, está llena de una niebla azul y hombres fumando puros, que hablan con grandes gesticulaciones. Montoya se va por un archivador y me entrega un sobre. En letras adornadas de un bolígrafo azul ha escrito: El Holandés.

“Te traigo un regalo de los Países Bajos”, le digo.

"Ah... me traes un regalo para mi hija!” articula el anciano. Pero no se dirigía a mí, sus palabras parecían dirigidas a los hombres en la oficina. Sin mirarla toma la cajita y sin siquiera quitarle el embalage, la deja en el cajón de su escritorio. Quiero decirle: “Pero José, no conozco a tu hija” y me pregunto por qué esta niña desconocida juega un papel tan importante en nuestra conversación. De repente me queda claro: sutilmente les hace saber que Montoya no está en venta. Que no haya duda: Montoya no se puede comprar. Para José ‘Pepe’ Montoya un apretón de manos es más importante que un molinito de plata. Le doy el dinero y estrecho su mano, agradecido por la reserva de mis entradas.

Presidente, ésto es una mierda

 

Pieter Hildering

 

José Pepe Móntes Iñiguez era un profesor muy respetado de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid y presidente de la prestigiosa peña madrileña Los de José y Juan. El Ingeniero del Nueve le llamaban en Las Ventas, donde (hasta su triste muerte en 1984) ocupó la misma localidad en el mismo tendido durante casi tres décadas. Pero a la vez, le podrían haber llamado El Duende del Tendido, debido a su placer diabólico para crear un caos.

Una tarde de agosto en Málaga, hacía mucho calor en la plaza. Los toros se caían y los toreros no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Condiciones ideales para que se pusiese en marcha El Duende. Pepe se levantó de su localidad y con teatrales gestos de brazos y en voz alta declaró: “¡Presidente, ésto es una mierda!”

Al ver que no surtia el efecto deseado, repitió ostensiblemente su observación. Esta vez sí dio en el clavo. Una pareja muy formal, sentada dos filas por debajo de Móntes, protestó por su comportamiento provocativo. El hombre se dio la vuelta y para que todos oyeran, lamentó: “Señor, por favor, mi esposa y yo estamos aquí para disfrutar, le insto a parar éstas declaraciones vulgares.” Pepe fingió que no sabía de qué iba la cosa y le preguntó inocentemente:

“¿Qué declaraciones vulgares le molestan entonces, señor?”

“¡La suyas, señor, las suyas! Eso... ¡Esa mierda!” exclamó el hombre emocionado. “¡Mierda!”

“Me alegro de que está de acuerdo, señor”, dijo Pepe.

Las personas a su alrededor se lo estaban pasando en grande, aplaudiéndole y vitoreándole. Móntes se inclinó ante su audiencia y se sentó, dejando a su oponente confundido. “Es una pena lo que se puede decir en publico hoy en día” murmuró, pero su esposa lo echó hacia atrás en su asiento y susurró: “¡Juan, la gente!”

Era demasiado tarde. El efecto deseado ya se habia logrado, y tardó bastante tiempo antes de que la paz volviese al tendido.

Le debo mucho a Pepe Móntes El Ingeniero del Nueve.

Reverencia taurina

Por Pieter Hildering


Es una tarde agradable en marzo y la corrida que estamos a punto de ver promete ser un gran espectáculo. Los toros vienen de la mejor ganadería y cada uno de ellos ha sido cuidadosamente seleccionado para los tres jovenes matadores en cartel. Se están llenando los tendidos y toca la banda. Cuando me dirijo a mi localidad, mi camino está bloqeado por una mujer elegante vestida con un pesado abrigo de piel. “Disculpe señorita,” digo. Se da la vuelta y miro fijamente a los ojos perfilados de rimmel de Carmen Tello. Ella es la novia de Curro Romero. Él es el más legendario, el más agraviado y al mismo tiempo el más venerado torero de los últimos cincuenta años. Balbuceo una disculpa: “Perdón Doña Carmen”, pero sorprendemente me besa en ambas mejillas como si nos conociéamos desde hace años. Y Curro? ¿Dónde está él? Si ella está aquí junto a mí, supongo que no debe estar muy lejos.
“Está aquí”, dice Carmen y da un golpecito al hombro de un hombre anodino, con gafas y vestido de un abrigo color camel que está hablando con alguien en las gradas. ¡Curro se encuentra junto a mí! Dios ha bajado del cielo y se ha comprado una entrada para la corrida de hoy. Está vestido de civil y se mezcla entre los mortales. Sigue siendo difícil reconocerlo si no lleva su reluciente traje bordado en oro. Luego se vuelve hacia mí, sonríe y me estrecha la mano extendida. “Buenas tardes”, le digo, pero estoy tan desconcertado que de mis labios no sale ni la más insignificante palabra. No importa, de hecho, no se habla a Dios, no se le mira a los ojos, a Dios le honra en silencio. La pareja se da la vuelta y cogidos del brazo, baja por las escaleras para - sin duda - tomar sus asientos en el palco real... y por un momento parece que flotan.

 

Alegato por un tercio

Por Pieter Hildering

 

            Son numerosas las referencias que en la historia de España aparecen sobre la caza de toros, ya desde tiempos prehistóricos podemos admirarlas en las cuevas de Altamira y nos muestran imágenes mágicas de reses gigantescas, muy parecidas a la que hoy en día tenemos del toro de lidia.

Según visiones románticas del siglo XVIII, se empezó a cazar toros a caballo en tiempos del dominio moro, para conseguir carne o por mero deporte.

En un aguafuerte de Goya perteneciente a su serie La Tauro-maquia de 1816, podemos ver El animoso Moro Gazul, el primero que lanceó toros en regla. En otro grabado el maestro de Fuendetodos nos presenta el Modo con que los antiguos españ-oles cazaban los toros a caballo en el campo.

También existieron torneos en los que la nobleza española y mora participaban conjuntamente. Cuando los árabes salieron de España en 1504, la aristocracía española continuó lidiando toros. Incluso construyeron lugares especialmente diseñados para ello, como la Plaza Mayor en Madrid y las plazas de toros de Béjar (la primera de madera, construida en 1667 y considerado la más antigua de España) y de La Real Maestranza de Caballería de Sevilla y de Ronda. Por aquel entonces, actuar en festejos taurinos era exclusivamente reservado para la alta clase de la sociedad española, para celebrar bodas, bautizos y otros acontecimientos importantes incluso en los que intervenía el Rey, los nobles alanceaban los animales mientras el pueblo llano les prestaba ayuda a pie y solo con algún pequeño engaño para defenderse.

 

            Hay que decir que no todos los nobles eran aficionados a los toros. El Rey de España Felipe V (nacido en Francia como nieto del Rey Sol) se opuso ardientemente a las corridas de toros y prohibió terminantemente a su corte participar en estos festejos. Temiendo la pérdida de sus privilegios, los cortesanos cumplieron las reglas del monarca (algunos dirigieron su mirada hacia la cría de toros) y por primera vez en la historia se permitió que caballeros que no pertenecían a la nobleza participaran en una corrida. Durante cientos de años los toros habían sido lidiados y muertos a caballo, pero poco a poco los toreros de a pie (los que antes actuaron como subalternos de los nobles) asumieron el control del espectáculo y surgió un nuevo protagonista: el matador de toros.

 

            A partir de 1700, los festejos taurinos anunciaban a un tal Vicente El Buen Zurdillo en lugar del caballero Don José Baza Manzanilla y al murciano Pedro de la Cruz El Mamón o Manuel Bellón El Africano en vez del Excmo. Don Francisco Cabello de Medina Sidonia. Jóvenes arraigados a la cultura popular como el ex albañil Francisco Montes Paquiro o empleados de mataderos como José Rodríguez Costillares y José Delgado Guerra alias Pepe-Illo, hasta toreros ya profesionales como la dinastía Romero de Ronda.

¡Cómo habían cambiado las tornas! Desde el principal papel, los protagonistas se habían convertido en varilargueros, en meros ayudantes. Desde caballero noble a subalterno de un plebeyo (aunque todavía permitiendo vestirse de oro como señal de su herencia noble). Desde cabalgadores orgullosos a jinetes cobardes (según ojos poco expertos) que desde su trono alto y - más adelante bien protegidos por colchones gruesos e impenetrables, arruinaban el toro con las puñaladas de su puya de acero.

 

            Pero no es así. Si reconocemos los esfuerzos de los picadores como los más importantes de la tarde, sabremos que pueden transformar la fiesta en un gran éxito o en un rotundo fracaso y que la pelea del toro bravo con el caballo, resistiéndose al castigo de la puya del picador, es la imagen más hermosa de la tarde. O en las palabras de un picador famoso: Mi trabajo es rebajar la fuerza del toro y mostrar su bravura. Además está claro que el comportamiento de los toros en el tercio de varas es crucial para el ganadero y la supervivencia de su ganadería, y marcará la trayectoria de la actual temporada y de las siguientes.

 

            Hace casi 14 años tuve la oportunidad de asistir a una corrida de Victorino con un cartel compuesto de matadores inesperados: El Zotoluco en lugar de Esplá, Higares por Pepín Liria y el granadino José Luis Moreno en vez de El Califa. En la cuadrilla del mejicano salió el gran picador azteca Efrén Acosta, y recuerdo la sábana blanca que cubría su silla en una imagen muy mejicana. También recuerdo que el bravo toro le embistió dos veces desde los medios y que el picador se levantó, dirigió su vara y picó al toro en todo lo alto del morrillo de la res. En todos mis años viendo corridas, no recuerdo un tercio de varas mejor ejecutado que el de aquella tarde. (Desgraciadamente en 2011 Efrén Acosta perdió su brazo izquierdo tras un grave accidente de coche.)

 

            Entonces, ¿que queremos? ¿jinetes cobardes o profesionales bien experimentados? ¿Evasivas - como puyas nuevas, petos menos sólidos o tercios más anchos o menos anchos - o escuelas taurinas para la enseñanza de picadores? (Es mi opinión que un picador aprende su profesión puramente por experiencia práctica, pero parece que hoy día muchos de ellos han olvidado su oficio.)

¿Ganado con menos trapío pero encastado y con bravura, fuerza y recorrido para enfrentarse con el picador y que embisten la muleta con alegría o toros de trapío impecable, pero mansos en varas e inválidos para aburridas faenas de cien pases de matadores mediocres?

 

            En la historia del toreo Valencia siempre ha sido cuna de buenos picadores. Desde la dinastía de los Alabau en el siglo XIX, hasta la de los Montoliú en nuestra época. En este sentido creo que en primer lugar debemos optar por la resurrección de la profesionalidad de los picadores como herederos de la más antigua, la primera y mas honorífica profesión de la fiesta de los toros y exigir la importancia del tercio de varas como parte esencial del espectáculo. Sólo entonces garantizaremos una fiesta noble, admirada y única, envidiable para todos, sean toreros o aficionados, expertos o inexpertos, ganaderos o empresarios, nacionales o extranjeros, adultos o jóvenes, para todos.

 

Articulo publicado en la revista de la Federación Taurina Valenciana, en Fallas 2014 como contribución de la Asociación Cultural, Gastronomica y Taurina 'De Tinto y Oro'.