Club Internacional Taurino
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Un homenaje a José Montoya

 

Pieter Hildering

 

Desde hace más de tres décadas, cada segunda semana de agosto, tengo una cita en esta taquilla enrejada. Durante los primeros años me quedaba en la cola y después de pagar la cantidad requirida me entregaban mis entradas, como todos los demás. Sólo después de algún tiempo me otorgaron el privilegio de recogerlas en la tranquilidad de la oficina. Entré por una entrada lateral de la plaza, llamé a la puerta, esperando hasta que el rostro detrás de la trampilla me reconociera, antes de entrar en el santuario de José Montoya, lleno de humo. “Tío Pepe”, me corrigió, cuando con una cortesía fingida, le llamé ‘Don José’. Se convirtió en un ritual anual.

Hoy le traigo un regalo. Es una simple cucharilla de plata con un molino de viento con aspas giratorias que compré en el aeropuerto. Cuando me ve, pasa su brazo por encima de mi hombro y me lleva a su oficina. Como siempre, está llena de una niebla azul y hombres fumando puros, que hablan con grandes gesticulaciones. Montoya se va por un archivador y me entrega un sobre. En letras adornadas de un bolígrafo azul ha escrito: El Holandés.

“Te traigo un regalo de los Países Bajos”, le digo.

"Ah... me traes un regalo para mi hija!” articula el anciano. Pero no se dirigía a mí, sus palabras parecían dirigidas a los hombres en la oficina. Sin mirarla toma la cajita y sin siquiera quitarle el embalage, la deja en el cajón de su escritorio. Quiero decirle: “Pero José, no conozco a tu hija” y me pregunto por qué esta niña desconocida juega un papel tan importante en nuestra conversación. De repente me queda claro: sutilmente les hace saber que Montoya no está en venta. Que no haya duda: Montoya no se puede comprar. Para José ‘Pepe’ Montoya un apretón de manos es más importante que un molinito de plata. Le doy el dinero y estrecho su mano, agradecido por la reserva de mis entradas.

Presidente, ésto es una mierda

 

Pieter Hildering

 

José Pepe Móntes Iñiguez era un profesor muy respetado de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid y presidente de la prestigiosa peña madrileña Los de José y Juan. El Ingeniero del Nueve le llamaban en Las Ventas, donde (hasta su triste muerte en 1984) ocupó la misma localidad en el mismo tendido durante casi tres décadas. Pero a la vez, le podrían haber llamado El Duende del Tendido, debido a su placer diabólico para crear un caos.

Una tarde de agosto en Málaga, hacía mucho calor en la plaza. Los toros se caían y los toreros no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Condiciones ideales para que se pusiese en marcha El Duende. Pepe se levantó de su localidad y con teatrales gestos de brazos y en voz alta declaró: “¡Presidente, ésto es una mierda!”

Al ver que no surtia el efecto deseado, repitió ostensiblemente su observación. Esta vez sí dio en el clavo. Una pareja muy formal, sentada dos filas por debajo de Móntes, protestó por su comportamiento provocativo. El hombre se dio la vuelta y para que todos oyeran, lamentó: “Señor, por favor, mi esposa y yo estamos aquí para disfrutar, le insto a parar éstas declaraciones vulgares.” Pepe fingió que no sabía de qué iba la cosa y le preguntó inocentemente:

“¿Qué declaraciones vulgares le molestan entonces, señor?”

“¡La suyas, señor, las suyas! Eso... ¡Esa mierda!” exclamó el hombre emocionado. “¡Mierda!”

“Me alegro de que está de acuerdo, señor”, dijo Pepe.

Las personas a su alrededor se lo estaban pasando en grande, aplaudiéndole y vitoreándole. Móntes se inclinó ante su audiencia y se sentó, dejando a su oponente confundido. “Es una pena lo que se puede decir en publico hoy en día” murmuró, pero su esposa lo echó hacia atrás en su asiento y susurró: “¡Juan, la gente!”

Era demasiado tarde. El efecto deseado ya se habia logrado, y tardó bastante tiempo antes de que la paz volviese al tendido.

Le debo mucho a Pepe Móntes El Ingeniero del Nueve.

Reverencia taurina

Por Pieter Hildering


Es una tarde agradable en marzo y la corrida que estamos a punto de ver promete ser un gran espectáculo. Los toros vienen de la mejor ganadería y cada uno de ellos ha sido cuidadosamente seleccionado para los tres jovenes matadores en cartel. Se están llenando los tendidos y toca la banda. Cuando me dirijo a mi localidad, mi camino está bloqeado por una mujer elegante vestida con un pesado abrigo de piel. “Disculpe señorita,” digo. Se da la vuelta y miro fijamente a los ojos perfilados de rimmel de Carmen Tello. Ella es la novia de Curro Romero. Él es el más legendario, el más agraviado y al mismo tiempo el más venerado torero de los últimos cincuenta años. Balbuceo una disculpa: “Perdón Doña Carmen”, pero sorprendemente me besa en ambas mejillas como si nos conociéamos desde hace años. Y Curro? ¿Dónde está él? Si ella está aquí junto a mí, supongo que no debe estar muy lejos.
“Está aquí”, dice Carmen y da un golpecito al hombro de un hombre anodino, con gafas y vestido de un abrigo color camel que está hablando con alguien en las gradas. ¡Curro se encuentra junto a mí! Dios ha bajado del cielo y se ha comprado una entrada para la corrida de hoy. Está vestido de civil y se mezcla entre los mortales. Sigue siendo difícil reconocerlo si no lleva su reluciente traje bordado en oro. Luego se vuelve hacia mí, sonríe y me estrecha la mano extendida. “Buenas tardes”, le digo, pero estoy tan desconcertado que de mis labios no sale ni la más insignificante palabra. No importa, de hecho, no se habla a Dios, no se le mira a los ojos, a Dios le honra en silencio. La pareja se da la vuelta y cogidos del brazo, baja por las escaleras para - sin duda - tomar sus asientos en el palco real... y por un momento parece que flotan.

 

Alegato por un tercio

Por Pieter Hildering

 

            Son numerosas las referencias que en la historia de España aparecen sobre la caza de toros, ya desde tiempos prehistóricos podemos admirarlas en las cuevas de Altamira y nos muestran imágenes mágicas de reses gigantescas, muy parecidas a la que hoy en día tenemos del toro de lidia.

Según visiones románticas del siglo XVIII, se empezó a cazar toros a caballo en tiempos del dominio moro, para conseguir carne o por mero deporte.

En un aguafuerte de Goya perteneciente a su serie La Tauro-maquia de 1816, podemos ver El animoso Moro Gazul, el primero que lanceó toros en regla. En otro grabado el maestro de Fuendetodos nos presenta el Modo con que los antiguos españ-oles cazaban los toros a caballo en el campo.

También existieron torneos en los que la nobleza española y mora participaban conjuntamente. Cuando los árabes salieron de España en 1504, la aristocracía española continuó lidiando toros. Incluso construyeron lugares especialmente diseñados para ello, como la Plaza Mayor en Madrid y las plazas de toros de Béjar (la primera de madera, construida en 1667 y considerado la más antigua de España) y de La Real Maestranza de Caballería de Sevilla y de Ronda. Por aquel entonces, actuar en festejos taurinos era exclusivamente reservado para la alta clase de la sociedad española, para celebrar bodas, bautizos y otros acontecimientos importantes incluso en los que intervenía el Rey, los nobles alanceaban los animales mientras el pueblo llano les prestaba ayuda a pie y solo con algún pequeño engaño para defenderse.

 

            Hay que decir que no todos los nobles eran aficionados a los toros. El Rey de España Felipe V (nacido en Francia como nieto del Rey Sol) se opuso ardientemente a las corridas de toros y prohibió terminantemente a su corte participar en estos festejos. Temiendo la pérdida de sus privilegios, los cortesanos cumplieron las reglas del monarca (algunos dirigieron su mirada hacia la cría de toros) y por primera vez en la historia se permitió que caballeros que no pertenecían a la nobleza participaran en una corrida. Durante cientos de años los toros habían sido lidiados y muertos a caballo, pero poco a poco los toreros de a pie (los que antes actuaron como subalternos de los nobles) asumieron el control del espectáculo y surgió un nuevo protagonista: el matador de toros.

 

            A partir de 1700, los festejos taurinos anunciaban a un tal Vicente El Buen Zurdillo en lugar del caballero Don José Baza Manzanilla y al murciano Pedro de la Cruz El Mamón o Manuel Bellón El Africano en vez del Excmo. Don Francisco Cabello de Medina Sidonia. Jóvenes arraigados a la cultura popular como el ex albañil Francisco Montes Paquiro o empleados de mataderos como José Rodríguez Costillares y José Delgado Guerra alias Pepe-Illo, hasta toreros ya profesionales como la dinastía Romero de Ronda.

¡Cómo habían cambiado las tornas! Desde el principal papel, los protagonistas se habían convertido en varilargueros, en meros ayudantes. Desde caballero noble a subalterno de un plebeyo (aunque todavía permitiendo vestirse de oro como señal de su herencia noble). Desde cabalgadores orgullosos a jinetes cobardes (según ojos poco expertos) que desde su trono alto y - más adelante bien protegidos por colchones gruesos e impenetrables, arruinaban el toro con las puñaladas de su puya de acero.

 

            Pero no es así. Si reconocemos los esfuerzos de los picadores como los más importantes de la tarde, sabremos que pueden transformar la fiesta en un gran éxito o en un rotundo fracaso y que la pelea del toro bravo con el caballo, resistiéndose al castigo de la puya del picador, es la imagen más hermosa de la tarde. O en las palabras de un picador famoso: Mi trabajo es rebajar la fuerza del toro y mostrar su bravura. Además está claro que el comportamiento de los toros en el tercio de varas es crucial para el ganadero y la supervivencia de su ganadería, y marcará la trayectoria de la actual temporada y de las siguientes.

 

            Hace casi 14 años tuve la oportunidad de asistir a una corrida de Victorino con un cartel compuesto de matadores inesperados: El Zotoluco en lugar de Esplá, Higares por Pepín Liria y el granadino José Luis Moreno en vez de El Califa. En la cuadrilla del mejicano salió el gran picador azteca Efrén Acosta, y recuerdo la sábana blanca que cubría su silla en una imagen muy mejicana. También recuerdo que el bravo toro le embistió dos veces desde los medios y que el picador se levantó, dirigió su vara y picó al toro en todo lo alto del morrillo de la res. En todos mis años viendo corridas, no recuerdo un tercio de varas mejor ejecutado que el de aquella tarde. (Desgraciadamente en 2011 Efrén Acosta perdió su brazo izquierdo tras un grave accidente de coche.)

 

            Entonces, ¿que queremos? ¿jinetes cobardes o profesionales bien experimentados? ¿Evasivas - como puyas nuevas, petos menos sólidos o tercios más anchos o menos anchos - o escuelas taurinas para la enseñanza de picadores? (Es mi opinión que un picador aprende su profesión puramente por experiencia práctica, pero parece que hoy día muchos de ellos han olvidado su oficio.)

¿Ganado con menos trapío pero encastado y con bravura, fuerza y recorrido para enfrentarse con el picador y que embisten la muleta con alegría o toros de trapío impecable, pero mansos en varas e inválidos para aburridas faenas de cien pases de matadores mediocres?

 

            En la historia del toreo Valencia siempre ha sido cuna de buenos picadores. Desde la dinastía de los Alabau en el siglo XIX, hasta la de los Montoliú en nuestra época. En este sentido creo que en primer lugar debemos optar por la resurrección de la profesionalidad de los picadores como herederos de la más antigua, la primera y mas honorífica profesión de la fiesta de los toros y exigir la importancia del tercio de varas como parte esencial del espectáculo. Sólo entonces garantizaremos una fiesta noble, admirada y única, envidiable para todos, sean toreros o aficionados, expertos o inexpertos, ganaderos o empresarios, nacionales o extranjeros, adultos o jóvenes, para todos.

 

Articulo publicado en la revista de la Federación Taurina Valenciana, en Fallas 2014 como contribución de la Asociación Cultural, Gastronomica y Taurina 'De Tinto y Oro'.